La atleta argentina Candela Cerrone viajó para competir, pero terminó generando algo
más profundo: memoria, identidad y un llamado a “malvinizar” desde el deporte.
Por Florencia Cordero
Durante más de tres horas, Candela Cerrone corrió con la mente centrada y el corazón contenido. Sabía que no podía permitirse distracciones ni dejarse llevar por la emoción para mantener el ritmo. Pero al cruzar la meta en las Islas Malvinas, todo lo que había permanecido guardado durante 42 kilómetros afloró de golpe.
El grito fue inevitable: “Argentina”. Lo siguió un desahogo cargado de pasión con un “vamos, carajo” y un gesto que le dio un significado profundo a la victoria: se sacó la medalla para colgarla al cuello de un veterano de guerra que la alentó desde la margen durante la carrera.
Este momento no solo marcó su triunfo, sino también el inicio de un mensaje mucho más grande.
Una vida dedicada al deporte
Candela Cerrone no comenzó su vínculo con el atletismo en Malvinas. Hija de una profesora de educación física, criada en un entorno deportivo y formada en Mar del Plata, encontró en la carrera una pasión desde temprana edad.
“Siempre digo que Mar del Plata es la ciudad que me enseñó a correr”, afirma.
Si bien el deporte siempre estuvo presente, durante años fue una práctica más personal que profesional. Trabajó en rehabilitación, natación y áreas vinculadas al movimiento corporal antes de dedicarse formalmente a las maratones a partir de 2018, pasada ya la barrera de los cuarenta años.
Contrario a lo que algunos podrían considerar un límite, para ella la edad fue una oportunidad. “Bajé mis mejores marcas después de los 45. A veces el límite es la edad que nos ponemos nosotros”, reflexiona.
El día que Malvinas se cruzó en su camino
La chance de competir en las Islas Malvinas apareció casi por azar en 2023, durante la Maratón de Buenos Aires, a la que acudió sin poder participar por una operación previa. Allí conoció a un excombatiente que le habló de la carrera en Malvinas y encontró una nueva motivación.
“En un momento dije: si quiero escuchar ‘Argentina’ ahí, no me queda otra que ganarla”, comenta.
Así, su meta pasó de solo participar a prepararse para dar lo mejor de sí. Durante cinco meses, entrenó diariamente, incluyendo su temporada de residencia en Pinamar, con dos horas de práctica constante enfocada en llegar en óptimas condiciones.
Correr con el corazón contenido para liberar la emoción al final
La carrera fue también una prueba emocional. Cerrone optó por evitar conectar demasiado con el peso simbólico del suelo que pisaba durante la competencia.
“Si me quebraba, no podía seguir a ese ritmo”, explica.
Sin embargo, el cuerpo conserva lo que la mente pospone y, al acercarse a la meta, todo emergió en un estallido de sentimiento.
El grito de triunfo y la dedicatoria fueron acompañados por un gesto espontáneo: entregarle la medalla a Daniel Martin, un veterano de guerra que la alentó en varios tramos del recorrido desde la orilla.
“Sentí que no llegué sola. Nadie llega solo a ningún lado”, asegura.
Reacciones encontradas tras su triunfo
El video que capturó su llegada a la meta se viralizó rápidamente, tanto en Argentina como en otros países. Sin embargo, la reacción en las islas fue distinta.
Su victoria fue omitida por medios locales, que evitaron mencionar su nacionalidad y cuestionaron sus declaraciones.
“Me dijeron que podía venir a correr, pero no a hacer política”, recuerda.
Ella insiste en que su intención no fue política sino emocional y vinculada a la identidad. “Yo sentía que estaba corriendo en suelo argentino. No lo dije para provocar”, afirma.
Más que una competencia deportiva
La experiencia vivida por Candela Cerrone en Malvinas fue mucho más amplia que una carrera. Recorrió campos de batalla, visitó el cementerio de Darwin, conversó con excombatientes y habitantes locales.
“Correr fue una excusa. Lo importante fue vivir Malvinas”, sintetiza.
Este recorrido la marcó con la convicción de la importancia de hablar, generar memoria y despertar interés en las nuevas generaciones.
“Hay chicos que saben de Malvinas por una canción del Mundial. Eso habla de que algo estamos haciendo mal”, reflexiona.

Un mensaje que trasciende el deporte
Aún con la repercusión del triunfo activa, ella siente que su logro deportivo pasó a un segundo plano, sin que eso le cause molestia.
“Mi triunfo fue una excusa para que se hable de Malvinas”, afirma convencida.
Desde su rol de atleta, docente y formadora, busca aportar a esta construcción histórica y cultural.
“Cada uno tiene que ver con qué herramientas cuenta para sumar. Yo corrí. Otros comunicarán, otros educarán”, reflexiona.
Mientras ya planea regresar —para competir, nadar en esas aguas y seguir conociendo— deja claro un principio que sostiene desde su historia: “Soñar se puede. Pero hay que trabajarlo. Como todo”.
Encuentro intergeneracional con la historia viva
En Malvinas, Candela Cerrone encontró una historia que la marcó profundamente. Daniel Martin, veterano de guerra y almirante de las Fuerzas Armadas, había regresado por primera vez al territorio que defendió en 1982.
Su participación fue desde el mar, y aunque fue prisionero durante el conflicto, nunca había pisado las islas hasta entonces.
Décadas después volvió acompañado por su hijo —que tenía apenas tres meses en 1982— con el propósito de conocer el suelo defendido sin haberlo visto.
“Quería conocer mi territorio”, le contó a Candela.
Este cruce entre generaciones y entre pasado y presente fue uno de los momentos más significativos del viaje para la atleta.
La medalla que simboliza más que una victoria
Una imagen resume todo lo que Malvinas significó para Candela Cerrone. No está en el podio ni en su tiempo final, sino en un gesto cargado de significado.
Al cruzar la meta, decidió no quedarse con la medalla sino dársela a Daniel Martin, el veterano que la acompañó alentándola durante la carrera.
“Sentí que no me estaba alentando cualquiera, sino alguien que había defendido ese suelo”, recuerda.
Durante los 42 kilómetros, la emoción permaneció contenida. Pero al finalizar, todo se liberó.
“Se la tenía que dar a él. No había otra persona”, afirma.
Este gesto no fue planificado sino espontáneo, y resume lo que ella misma expresa: que no llegó sola.
Así, la medalla dejó de ser un símbolo de logro personal para transformarse en un signo de memoria, historia y reconocimiento compartidos, subrayando que ciertos lugares, nombres y relatos no pueden quedar aislados.
Candela corrió 42 kilómetros sin llevar bandera alguna —ya que no estaba permitido— pero el cielo celeste y blanco, despejado y abierto, ese día representó para ella mucho más que una insignia política.
Lo que trajo de las islas es un legado que no entra en ningún tiempo ni marca deportiva.
Es, como dice ella, una invitación a recordar, entender y, sobre todo, a mantener viva la conversación sobre Malvinas.




