La filósofa y divulgadora llega a Mar del Plata con Todas las exigencias del mundo, un unipersonal que, entre el humor y la reflexión, pone en cuestión los mandatos de la adultez contemporánea: la felicidad obligatoria, la hiperproductividad y la autosuficiencia.
En tiempos donde ser adulto parece implicar cumplir con múltiples expectativas —trabajar, ser feliz, estar siempre bien y además disfrutarlo—, la propuesta de Florencia Sichel irrumpe con una pregunta incómoda: ¿y si no llegamos a todo? Con su espectáculo Todas las exigencias del mundo, que se presenta en el 11 de abril en el Teatro Roxy, la profesora de Filosofía, divulgadora y autora invita a revisar los mandatos actuales desde una mirada crítica pero también cercana, apelando a la risa como forma de alivio colectivo.
En esta entrevista con Bacap, Sichel reflexiona sobre las nuevas formas de la adultez, la presión por la felicidad constante y la necesidad de construir espacios compartidos frente a las exigencias del presente.
-En Todas las exigencias del mundo, planteás que hoy somos “adultos funcionales” pero con la sensación de no estar a la altura de lo que deberíamos ser. ¿Qué cambió entre la idea de adultez del siglo XX y la que vivimos hoy?
-Venimos de una idea de adultez que era más ordenada y previsible: trabajar, formar una familia, sostener un proyecto en el tiempo. Nuestros padres y abuelos crecieron con esa hoja de ruta bastante clara. Hoy eso ya no sucede. Seguimos siendo adultos “funcionales” (trabajamos, pagamos cuentas, criamos), pero con la constante sensación de no estar nunca a la altura de lo que se supone que deberíamos ser.
A esto se suma un aspecto interesante: ya no hay un único modelo de adultez. Pero paradójicamente, los mandatos no desaparecieron; se multiplicaron.
En su libro, Sichel aborda pilares como el trabajo, la felicidad, los cuidados y el amor para analizar qué quedó vigente y qué ya no nos sirve. En el escenario, estas reflexiones aparecen transformadas, no como teoría, sino como experiencias cotidianas compartidas desde el humor.
-Tu obra cuestiona el mandato contemporáneo de ser felices, productivos y exitosos permanentemente. ¿Por qué esa exigencia se volvió tan central y qué impacto tiene en la salud mental?
-La búsqueda de la felicidad no es un fenómeno nuevo, pero sí lo es la obligación de estar felices todo el tiempo. Hoy, ser feliz se redujo a aparentar estar bien, mantener una actitud positiva constante, como si no hubiera espacio para el cansancio, la duda o la ira.
El problema no solo es que esa exigencia es inalcanzable, sino que además no se puede cuestionar. Criticarla implica ser tachado de “negativo” o “mala onda”, como si no se entendiera la realidad.
Vivimos, entonces, con una presión doble: sostener la vida y hacerlo con una sonrisa. Esa combinación agota y poco tiene que ver con una búsqueda auténtica de felicidad.
En el espectáculo, esa tensión se manifiesta constantemente. La risa funciona como puerta de entrada, y luego aparece el consuelo colectivo de saber “no soy la única persona a la que le pasa esto”.
-Respecto a lo que muestran los análisis actuales sobre la “hiperproductividad” y el optimismo extremo, ¿sentís que la presión ya no proviene solo del entorno sino que está internalizada? ¿Cómo se deconstruye esto?
-Sí, muchas veces las exigencias vienen de nuestro propio interior. Pero eso ocurre porque no existimos aislados: los mandatos están presentes en el trabajo, en las redes sociales y en las conversaciones cotidianas. A veces uno piensa que aflojó, pero basta abrir el celular y ver algo que nos perdimos para que todo se reactive.
Para mí no se desarma completamente. No hay una vida sin exigencias. Lo valioso es poder elegir, en la medida de lo posible, a cuáles asumir. Sin embargo, existen pequeñas fallas en el sistema, pequeños puntos de fuga.
Uno de esos puntos es encontrarse con otros, reírse, emocionarse y darle palabras a la experiencia. En el unipersonal, durante un rato, todo eso que pesa se vuelve compartido, y esa compartición genera alivio.
-La obra propone “rendirse en comunidad” como respuesta a estos mandatos. En una cultura que promueve la autosuficiencia, ¿qué lugar ocupa hoy la vulnerabilidad y el apoyo colectivo en la adultez?
—En una cultura que fomenta la autosuficiencia, la vulnerabilidad se percibe como debilidad, como si necesitar a otros fuera un signo de falla.
Pero en la práctica sucede lo contrario: sostener la adultez en soledad es mucho más difícil. ¿Y cuál sería el sentido de mantenernos fuertes a costa de no mostrar nuestras fragilidades? Esto también se relaciona con cómo concebimos las relaciones: una idea de amor sin fisuras, sin dolor, sin vulnerabilidad.
Por eso, la idea de “rendirse en comunidad” aparece en el espectáculo. No es resignarse, sino un modo de distanciarse de la exigencia de poder con todo.
Durante la obra se construye algo colectivo: la risa, la emoción, la identificación. Allí surge ese “rendirse en comunidad” como forma de desafiar los mandatos, aunque sea por un rato…


